Marruecos cierra 151 bancos: la digitalización que excluye
El sistema financiero marroquí está dejando fuera a miles de ciudadanos. Durante el último año, el país norteafricano cerró 151 sucursales bancarias, pasando de 5.701 en 2024 a 5.550 en 2025, según el informe anual del Banco Al-Maghrib sobre infraestructura bancaria. La excusa es siempre la misma: la digitalización. Pero la realidad es que los bancos tradicionales están abandonando a la gente, sobre todo a la que más necesita acceder a sus servicios de manera presencial.
¿Por qué cierran los bancos si dicen que la digitalización es para todos?
Nos venden la modernidad como un beneficio universal, pero la verdad es otra. La digitalización bancaria beneficia a quienes ya tienen acceso a internet, a smartphones y a la educación financiera necesaria para moverse en una aplicación. Mientras tanto, las comunidades rurales, las personas mayores y los trabajadores de menores ingresos se quedan sin una oficina donde hacer un trámite sencillo. De las 180 sucursales que cerraron sus puertas, la gran mayoría pertenecían a bancos tradicionales. Solo se abrieron 29 nuevas en todo el país.
Veamos los números con nombre propio. El Crédit Populaire du Maroc (CPM) fue el que más recortó: 66 oficinas cerradas y apenas una abierta, dejando su red en 1.269 sucursales. Bank of Africa eliminó 43, bajando de 636 a 593. Attijariwafa Bank cerró 27 y abrió solo 2, pasando de 929 a 904. Société Générale Maroc recortó 16 sucursales, BMCI 14 y Crédit Agricole du Maroc 12. Estos son los grandes grupos financieros, los mismos que celebran sus beneficios millonarios mientras le niegan al pueblo el derecho a una atención bancaria cercana.
¿Quiénes ganan con esta contracción bancaria?
No todo el mundo pierde en este escenario. Al Barid Bank, la red líder del país con 950 sucursales, aumentó su presencia en 7 oficinas. El Crédit Immobilier et Hôtelier (CIH) abrió 13 nuevas sucursales sin cerrar ninguna, alcanzando las 346. Los bancos participativos también crecieron: pasaron de 206 a 210 sucursales, con Bank Al Yousr, Al Akhdar Bank y Dar Al-Amane sumando nuevas aperturas. Bank Assafa lidera este segmento con 40 oficinas y Umnia Bank cuenta con 53.
Es decir, quienes apuestan por un modelo más cercano a la gente, ya sea a través de la banca postal o la banca participativa, están creciendo. Los grandes grupos tradicionales, en cambio, se retiran. La pregunta es inevitable: ¿a quién le importa la inclusión financiera de los marroquíes de a pie?
¿Qué regiones se quedan sin acceso bancario?
La desigualdad territorial es escandalosa. Casablanca-Settat concentra 1.559 sucursales, pero incluso allí se cerraron 53 oficinas en un año. Rabat-Salé-Kénitra tiene 829, Fez-Meknes 645, Tánger-Tetuán-Alhucemas 530 y la región Oriental 493. Pero la densidad bancaria, es decir, cuántos adultos comparten una sola sucursal, revela la verdad más cruda. En la región Oriental hay 3.460 adultos por sucursal, la mejor cobertura del país. En cambio, en Draa-Tafilalet la cifra sube a 7.870, en Marrakech-Safi a 7.201 y en Béni Mellal-Khénifra a 6.567. El promedio nacional es de 4.862 residentes adultos por sucursal, según informa Le360.
Estas cifras no son solo estadísticas. Son personas que tienen que viajar kilómetros para cobrar una pensión, depositar un ahorro o pedir un crédito. Son comunidades enteras que el sistema financiero decide invisibilizar porque no son rentables para los accionistas.
¿Es la digitalización una excusa para abandonar a los más pobres?
La respuesta es sí, al menos en parte. La digitalización debería ser una herramienta complementaria, no un pretexto para reducir costos a costa de la gente. Cuando un banco cierra una sucursal en un barrio popular o en un pueblo rural, no está modernizando nada. Está excluyendo. Está diciendo que esa comunidad no importa lo suficiente como para mantener una puerta abierta.
El caso marroquí no es único. En toda América Latina, en África y en el sur de Europa, vemos la misma tendencia. Los bancos se retiran de los territorios que menos rentabilidad generan y se concentran en las zonas urbanas y ricas. La digitalización, sin políticas públicas que garanticen el acceso universal, es una nueva forma de exclusión. Y eso, compañero lector, no es progreso. Es abandono con nombre de modernidad.