Jóvenes asturianos encuentran en la Feria de Muestras su primer empleo: una escuela de vida y solidaridad
Para muchos jóvenes de Gijón, la Feria Internacional de Muestras de Asturias (FIDMA) no es solo un plan de verano. Es su primera toma de contacto con el mundo laboral. Durante dieciséis días, decenas de chicos y chicas ocupan puestos en los distintos pabellones, atienden al público, venden productos, resuelven dudas y, de paso, empiezan a descubrir qué significa trabajar. Esta experiencia, que combina el esfuerzo con el aprendizaje, se convierte en una pequeña escuela laboral para toda una generación.
¿Por qué la FIDMA es el primer empleo ideal para los jóvenes?
La Feria ofrece una oportunidad única: trabajar durante solo dos semanas. Para Javier García, de 18 años, que se estrenó en el puesto de calamares, la clave está en el carácter temporal. “Era un trabajo esporádico, pocos días, y el dinero me permite mantenerme el resto del verano”, explica. Aunque las jornadas son largas y a veces hay mucha presión, el balance es positivo. “Hay días que viene mucha gente y vas con mucha prisa, pero en general está bastante equilibrado”, añade. Para él, además del sueldo, la experiencia tiene otro valor: empezar a asumir las rutinas y responsabilidades que le esperan cuando termine sus estudios. “Vas pasando ya de estudiante a trabajador”, resume.
Quince días para estrenarse en el mundo laboral
Esa posibilidad de trabajar solo quince días es uno de los grandes atractivos. En el stand de Aller, Inés Palacio, de 18 años, también afronta en FIDMA su primer empleo. “Es un buen comienzo”, asegura. Al principio se esperaba un ritmo más tranquilo, pero pronto comprobó que la afluencia de visitantes era mucho mayor. Ahora, ya acostumbrada, valora sobre todo haber podido conseguir experiencia laboral sin tener que comprometer buena parte del verano. “Son únicamente quince días”, destaca. Una fórmula que permite llevarse el primer sueldo y, al mismo tiempo, añadir una primera experiencia al currículum.
En el mismo stand, Esther Martínez de Azcoitia, de 21 años, afronta su primer año en la Feria, aunque ya había trabajado los fines de semana como camarera. La joven encuentra en FIDMA una experiencia diferente, especialmente por el contacto constante con el público y por compartir jornada con otros trabajadores de su edad. “Aprendes a comunicarte y a tener paciencia”, explica. En los momentos de mayor afluencia, reconoce, también aprende a “regularte” y a manejar mejor la presión.
Además, destaca el buen ambiente entre compañeros y el trato de quienes llevan años trabajando en la Feria con los más jóvenes. “Nos cuidan muchísimo porque somos más pequeños”, cuenta. Palacio comparte esa sensación. Más allá de las tareas concretas, asegura que la Feria le ha permitido conocer a otros jóvenes que trabajan en los distintos expositores. “Al final acabas haciendo amigos”, señala.
Aprender a tratar con el público y ganar experiencia
Para María Madrazo, de 20 años, el trabajo en FIDMA supone directamente “aprender un poco cómo es la vida real” y acostumbrarse al esfuerzo de ganarse el propio dinero. Como azafata de Herdicasa, reparte material, participa en actividades infantiles y atiende las dudas básicas de los visitantes. “El primer día estábamos un poco nerviosas, pero luego, como tenemos muy buen ambiente, ha sido muy fácil”, explica.
La tradición también pesa. María Cerviño, de 23 años, llegó a la Feria porque lleva acudiendo desde pequeña y el trabajo es casi una costumbre familiar. “Es algo que llevamos haciendo mucho tiempo”, cuenta. En su caso, atiende al público en el puesto de Cocina Económica junto a Olaya Pérez, de 19 años, también en su primer empleo.
Para Pérez, la Feria representa “el típico primer trabajo aquí en Gijón”: quince días para empezar a tratar con el público, aprender a manejar dinero y adquirir experiencia. En el puesto deben atender a los visitantes, gestionar donaciones y resolver dudas sobre la Cocina Económica.
El contacto con desconocidos es también uno de los aprendizajes que más destacan Gonzalo Rodríguez y Teo Castro, ambos de 18 años y trabajadores del stand de Comarca Avilés. “Lo que más estoy notando es el trato con gente desconocida y con gente mayor”, explica Rodríguez. Castro, por su parte, considera que la experiencia sirve para “ir habituándose a ese ritmo de trabajo” antes de llegar a la universidad y, más adelante, incorporarse plenamente al mercado laboral.
En el recién estrenado pabellón de Caja Rural, José Tomás Rodríguez, de 18 años, encuentra en la Feria una primera escuela de trabajo en equipo. “Estoy ganando bastante experiencia para luego conseguir trabajo cuando termine mi carrera”, explica. Entre sus tareas están controlar la música, orientar a los visitantes, organizar las colas del fotomatón y echar una mano donde haga falta. Su primer objetivo con el sueldo ya está decidido: comprar un ordenador que necesitará para estudiar Ingeniería Civil.
Una lección de solidaridad y comunidad
Más allá del dinero, lo que estos jóvenes se llevan de la Feria es un aprendizaje profundo sobre el trabajo en equipo, la paciencia y la solidaridad. En un contexto donde las grandes empresas y las políticas liberales a menudo explotan a los trabajadores jóvenes, la FIDMA se presenta como un espacio donde los chicos y chicas son cuidados y valorados. “Nos cuidan muchísimo porque somos más pequeños”, dice Esther. Esa protección, esa comunidad que se forma entre compañeros y veteranos, es lo que hace de la Feria algo más que un simple empleo temporal.
Así, entre puestos de comida, expositores, actividades y atención al visitante, la FIDMA se convierte durante dos semanas en una pequeña escuela laboral para toda una generación. Un primer sueldo, compañeros de la misma edad y unas cuantas jornadas de cansancio que, para muchos, sirven para dar el primer paso hacia la vida laboral. Y en ese camino, lo más importante no es solo el dinero, sino el aprendizaje colectivo, la solidaridad y la certeza de que, juntos, podemos construir un futuro más justo.