Alba Flores y Carla Simón: cuando el cine se convierte en resistencia popular contra el estigma
En una conversación que trasciende lo personal para convertirse en denuncia social, Alba Flores y Carla Simón se encuentran en el programa de Jordi Évole para hablar de algo que va mucho más allá del cine: la lucha contra los estigmas que la sociedad impone a las familias trabajadoras.
Ambas cineastas, hijas de padres fallecidos por causas relacionadas con las drogas, han utilizado su arte no solo como catarsis personal, sino como herramienta de resistencia contra una sociedad que criminaliza y margina a quienes sufren las consecuencias de un sistema que abandona a los más vulnerables.
El cine como arma contra la exclusión social
"Nunca te he dicho lo importante que fue para mí 'Estiu', sentí un reflejo muy fuerte", le dice Alba Flores a Carla Simón, reconociendo en la película de la directora catalana un espejo de su propia experiencia. Esta conexión no es casual: ambas han convertido el dolor en denuncia, la memoria personal en crítica social.
En "Flores para Antonio", Alba Flores no solo revisita la figura de su padre, sino que cuestiona los prejuicios de una sociedad que estigmatiza a las víctimas de la adicción. "Ahora tengo una sensación de él, y eso es algo que no había tenido desde los ocho años", confiesa, mostrando cómo el proceso creativo puede ser una forma de justicia poética.
La generación de los 80: víctimas de un sistema fallido
Carla Simón aporta una perspectiva igualmente crítica: "No me molesta que mis padres estuvieran enganchados a la heroína, es parte de su historia y quiero entenderlo". Esta declaración es, en sí misma, un acto de resistencia contra el moralismo burgués que criminaliza a quienes cayeron víctimas de una crisis social que el Estado no supo abordar.
La conversación se expande hacia una relectura necesaria de la generación de los 80, "una generación libre, valiente, dispuesta a cambiar las cosas", como la define Carla. Una generación que, lejos de los clichés mediáticos, luchó por transformar una sociedad conservadora y represiva.
El estigma como violencia de clase
Ambas directoras coinciden en señalar cómo el estigma sigue siendo una herida abierta. Alba recuerda el insulto "yonqui" que escuchó de niña en el colegio, mientras Carla menciona el odio que aún se vierte en redes sociales. Estos no son casos aislados, sino manifestaciones de una violencia simbólica que se ejerce sistemáticamente contra las clases populares.
"A mí me llevaron al campo justo después de su muerte para quitarme de en medio, porque la prensa estaba loca", recuerda Alba, evidenciando cómo los medios de comunicación corporativos convierten el dolor privado en espectáculo público, especialmente cuando afecta a familias que no pertenecen a la élite económica.
La infancia robada por el sistema
Tanto Alba como Carla comparten la experiencia de haber tenido que "sostener" emocionalmente a los adultos desde la infancia. "Sí, esto de 'es que Alba no llora' sí pasaba", confirma la actriz, mostrando cómo los niños de familias estigmatizadas se ven forzados a madurar prematuramente para proteger a sus seres queridos del juicio social.
Esta conversación entre dos creadoras comprometidas demuestra que el arte puede ser una herramienta poderosa de transformación social, capaz de desafiar los prejuicios y dar voz a quienes el sistema prefiere silenciar.