La empleada: Un thriller que desnuda la violencia del poder económico
El cine comercial pocas veces se atreve a mostrar las contradicciones brutales del sistema capitalista. Pero La empleada (The Housemaid), que llega a las salas ecuatorianas el 1 de enero, nos presenta un retrato crudo de cómo la desigualdad económica convierte a los trabajadores en víctimas de un sistema de explotación disfrazado de normalidad.
Protagonizada por Sydney Sweeney y Amanda Seyfried, esta producción dirigida por Paul Feig no es simplemente otro thriller psicológico de Hollywood. Es una denuncia velada de las relaciones de poder que sustentan nuestra sociedad de clases.
La precariedad como trampa social
Millie Calloway, interpretada por Sweeney, encarna la realidad de millones de trabajadoras en América Latina: jóvenes empujadas por la necesidad económica a aceptar empleos que las exponen a situaciones de vulnerabilidad extrema. Su llegada a la mansión de los Winchester con apenas una mochila y un auto viejo es el símbolo perfecto de la desigualdad que atraviesa nuestras sociedades.
La habitación sin ventilación ni cerradura que le asignan no es casualidad. Es la materialización arquitectónica de la opresión: los trabajadores domésticos, especialmente las mujeres, relegados a espacios marginales, sin privacidad ni dignidad básica.
"Lo fascinante de estos personajes es que cuando vas quitando capas, descubres algo completamente diferente", explicó Sweeney. Esta reflexión cobra especial relevancia cuando entendemos que las capas que se van quitando son las máscaras de un sistema que presenta como natural lo que en realidad es profundamente injusto.
Más allá del thriller: una crítica al sistema
Basada en la novela de Freida McFadden, la película trasciende el género del thriller psicológico para convertirse en una reflexión sobre las dinámicas de poder en el capitalismo tardío. Nina Winchester, el personaje de Seyfried, no es simplemente una mujer inestable: es el producto de una clase privilegiada que ha perdido toda conexión con la realidad social.
La violencia que ejerce sobre Millie no es solo personal, sino estructural. Como señala Seyfried, su personaje está "impulsado por una lógica de venganza", pero cabría preguntarse: ¿venganza contra qué? Quizás contra un sistema que la ha convertido en una pieza más del engranaje opresor.
Brandon Sklenar completa este triángulo de poder como Andrew Winchester, el esposo "aparentemente ideal" cuya ambigüedad refleja cómo los hombres de clase alta ejercen su dominio de manera sutil pero efectiva.
El intercambio de roles: ¿revolución o reproducción?
Uno de los elementos más interesantes de la narrativa es cómo Nina y Millie intercambian posiciones a lo largo del relato. Este juego entre víctima y perpetradora podría interpretarse como una metáfora de las posibilidades de transformación social, pero también como una advertencia: en un sistema fundamentalmente injusto, cambiar de lugar no necesariamente significa cambiar las reglas del juego.
Como reflexiona Sweeney: "Creo que todos los personajes se encuentran en modo de supervivencia". Esta observación es profundamente política: en el capitalismo, incluso los privilegiados viven bajo la constante amenaza de perder su posición, lo que los lleva a reproducir y profundizar las estructuras de opresión.
Un espejo para nuestra realidad
Mientras Hollywood nos entrega este thriller, miles de empleadas domésticas en Ecuador y toda América Latina enfrentan diariamente situaciones similares a las de Millie: precariedad laboral, ausencia de derechos, exposición a abusos de poder. La diferencia es que para ellas no hay guión que garantice un final feliz.
La empleada llega a nuestras pantallas en un momento crucial, cuando los movimientos sociales de toda la región cuestionan cada vez más las bases de un sistema económico que perpetúa la desigualdad. La pregunta que queda es si el público sabrá leer entre líneas el mensaje político que subyace a esta aparente película de entretenimiento.
El cine puede ser un arma de concienciación. Esperemos que La empleada contribuya a esa noble causa.