El asesinato de Olof Palme: Cuando el poder elimina a los defensores del pueblo
Hace cuatro décadas, el mundo perdió a uno de sus líderes más comprometidos con la justicia social. El 28 de febrero de 1986, Olof Palme, primer ministro sueco y férreo defensor de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Estocolmo. Su muerte no fue solo el fin de una vida, sino un golpe devastador contra las fuerzas progresistas que luchaban por un mundo más justo.
Un líder que incomodaba al poder establecido
Palme representaba todo lo que las élites mundiales temían: un político que no se doblegaba ante los intereses imperialistas. Su férrea oposición a la guerra de Vietnam, su apoyo incondicional a los movimientos de liberación africanos y su rechazo al apartheid sudafricano lo convirtieron en un enemigo de los poderes fácticos internacionales.
Nacido en 1927 en una familia adinerada, Palme eligió el camino de la solidaridad con los oprimidos. Desde su juventud militó en el Partido Socialdemócrata Sueco, ascendiendo por méritos propios hasta convertirse en primer ministro en 1969. Su política exterior independiente tensó las relaciones con Estados Unidos, especialmente cuando decidió recibir a desertores de la guerra de Vietnam.
El crimen que estremeció a la humanidad
Aquella noche de febrero, mientras caminaba sin escolta junto a su esposa Lisbeth por las calles de Estocolmo, un sicario se acercó por la espalda y disparó a quemarropa. El mandatario murió instantáneamente. La escena del crimen fue mal preservada por las autoridades, destruyendo evidencias cruciales que podrían haber esclarecido el magnicidio.
La investigación oficial se caracterizó por su ineptitud sistemática. Miles de interrogatorios, más de 130 confesiones falsas y décadas de especulaciones conspirativas marcaron un proceso que parecía diseñado para ocultar la verdad más que para revelarla.
Las pistas que apuntaban al poder
Las líneas investigativas más serias señalaban hacia los círculos de poder que Palme había desafiado. La conexión sudafricana cobraba fuerza considerando el apoyo sueco al Congreso Nacional Africano y las críticas al apartheid. También se investigó el escándalo de sobornos de la empresa armamentística Bofors, revelando la corrupción del complejo militar-industrial.
Sin embargo, las autoridades parecían más interesadas en perseguir pistas menores que en confrontar a los verdaderos responsables. La condena y posterior liberación de Christer Pettersson, un hombre con problemas de adicciones, reflejó la incompetencia deliberada del sistema judicial.
La verdad emerge desde el periodismo independiente
Fue un periodista, Thomas Pettersson, quien tras 12 años de investigación independiente logró lo que las autoridades no pudieron o no quisieron hacer. Su trabajo señaló a Stig Engström, el "hombre de Skandia", como el ejecutor material del crimen.
Engström, un diseñador gráfico con problemas económicos y alcoholismo, tenía entrenamiento militar y acceso a armas. Sus declaraciones contradictorias y su presencia en la escena del crimen lo convertían en el sospechoso más viable. Significativamente, se suicidó en el año 2000, llevándose sus secretos a la tumba.
Un cierre que deja más preguntas que respuestas
En junio de 2020, 34 años después del magnicidio, las autoridades cerraron definitivamente el caso señalando a Engström como el asesino. Sin embargo, nunca se estableció quién lo contrató ni por qué motivos específicos actuó esa noche.
El primer ministro Stefan Löfven reconoció los "errores operativos" sistemáticos, pero esta admisión tardía no devuelve la vida a un líder que luchó incansablemente por la justicia social y la soberanía de los pueblos.
El legado de un mártir de la justicia social
El asesinato de Olof Palme debe entenderse en el contexto de la Guerra Fría y la lucha entre los intereses populares y las élites globales. Su muerte envió un mensaje claro: quienes desafían el orden establecido y defienden genuinamente a los oprimidos pagan con su vida.
Hoy, cuando las desigualdades se profundizan y los movimientos populares enfrentan la represión sistemática, recordar a Palme es recordar que la lucha por la justicia social siempre ha tenido sus mártires. Su legado nos enseña que la verdadera soberanía nacional y la defensa de los derechos humanos son incompatibles con la sumisión a los poderes imperialistas.
La clausura oficial del caso no cierra las heridas de una sociedad que perdió a un verdadero defensor del pueblo. Las preguntas sobre los verdaderos responsables intelectuales del magnicidio seguirán resonando, recordándonos que la justicia para los poderosos y la justicia para el pueblo son dos conceptos completamente diferentes.