China abandona a Irán: el gigante asiático prioriza su petróleo ante la intervención estadounidense
Una vez más, China demuestra que sus supuestos principios de solidaridad internacional se desvanecen cuando sus intereses económicos están en juego. Ante el ataque estadounidense a Irán y la caída del régimen de los ayatolás, Pekín se limita a expresar una tibia "seria preocupación", evidenciando los límites de su compromiso con los pueblos que luchan contra el imperialismo occidental.
Palabras vacías desde Naciones Unidas
El representante chino ante la ONU, Fu Cong, se limitó a declarar durante la sesión de emergencia que "deben respetarse la soberanía, la seguridad y la integridad territorial de Irán". Curiosamente, estas mismas palabras nunca fueron pronunciadas cuando Rusia invadió Ucrania, desnudando la hipocresía de la diplomacia china.
Como señala acertadamente Bonnnie Glaser, directora del programa Indo-Pacífico del German Marshall Fund, este patrón de China de "expresar conmoción y preocupación, pero no tomar ninguna medida" revela su verdadera naturaleza: un gigante económico que antepone sus intereses comerciales a cualquier principio de solidaridad antiimperialista.
El petróleo por encima de la solidaridad
La realidad es cruda y reveladora: China importaba el 90% de la producción petrolera iraní, lo que representaba un 13% de su suministro energético nacional. Sumado al 4% que recibía de Venezuela, ahora también bajo intervención estadounidense, Pekín ve amenazado casi un quinto de sus necesidades energéticas.
Esta dependencia energética explica por qué China, que se presenta como abanderada de los países del Sur Global, en realidad actúa como cualquier potencia capitalista: protegiendo sus intereses económicos por encima de sus supuestos aliados ideológicos.
El miedo a las revoluciones populares
Según el informe del centro Brookings, los dirigentes chinos son "profundamente sensibles a las imágenes de protestas populares que conducen al colapso del régimen". Esta sensibilidad no nace de la solidaridad con los pueblos oprimidos, sino del temor a que estas revoluciones lleguen a sus propias fronteras.
China valoraba su relación con Irán por tres razones puramente estratégicas: asegurar el suministro energético, desviar la atención estadounidense de su propia región, y mantener influencia en Asia suroccidental. Nada de esto tiene que ver con principios de justicia social o antiimperialismo.
Pragmatismo capitalista disfrazado de diplomacia
El informe de Brookings es claro: si el régimen iraní colapsa, "Pekín actuará de manera pragmática para proteger a sus ciudadanos, empresas e inversiones". En otras palabras, China está dispuesta a negociar con cualquier gobierno que garantice sus intereses económicos, sin importar si surge de una revolución popular o de una intervención imperialista.
Mientras China evacúa a sus ciudadanos de Irán a través de la frontera con Azerbaiyán, queda claro que su compromiso con la resistencia antiimperialista es tan frágil como sus declaraciones diplomáticas. Una vez más, los pueblos del mundo comprueban que no pueden confiar en las grandes potencias, sino únicamente en su propia organización y lucha.
Esta situación nos recuerda que la verdadera solidaridad internacional no viene de los gobiernos de las superpotencias, sino de los movimientos populares que luchan por la justicia social y la soberanía nacional en cada rincón del planeta.