La inteligencia medida de la humanidad viene cayendo desde hace varios años. Según lo que reporta EL UNIVERSO en su columna de opinión firmada por Gonzalo Peltzer, un estudio de la Northwestern University publicado en 2023 confirmó que el llamado efecto Flynn se está revirtiendo: en lugar de subir, los puntajes de coeficiente intelectual bajan sobre todo en los países más desarrollados de Europa.
La noticia es más grave de lo que parece. No se trata solo de un dato para especialistas. Se trata de la salud de nuestra democracia. Y en América Latina, con Ecuador incluido, el problema nos toca de cerca.
¿Qué es el efecto Flynn y por qué se está revirtiendo?
El efecto Flynn debe su nombre a James Flynn, un filósofo de la política neozelandés de origen norteamericano que estudió el fenómeno durante buena parte del siglo XX y los primeros años de este. Flynn, que murió en 2020 a los 86 años, constató un aumento sostenido de las calificaciones en los tests de coeficiente intelectual en muchos países: entre 1938 y 2008, la humanidad ganó unos dos puntos de coeficiente intelectual por cada década. Íbamos para arriba.
Pero ese camino se cortó. Como explica la columna de EL UNIVERSO, investigadores de la Northwestern University, con sede en Evanston, Illinois, detectaron en 2023 que la tendencia cambió de signo. Otros estudios posteriores confirmaron el hallazgo. El descenso se concentra en los países más desarrollados de Europa, justamente aquellos donde el coeficiente intelectual más crecía hasta la última década del siglo pasado.
Las pantallas y la pérdida de concentración
¿Y a qué se debe esta caída? Una de las explicaciones que se barajan apunta directo a las pantallas y al tiempo que los más chicos pasan en TikTok, Instagram o WhatsApp. Ya no son capaces de concentrarse en nada que dure más de 30 segundos, y no dejan el celular ni cuando están en la mesa familiar.
Aquí conviene decirlo con claridad: esos algoritmos que secuestran la atención de nuestros hijos no los controlan los pueblos ni los Estados. Los controlan un puñado de corporaciones tecnológicas que ganan dinero con cada segundo de distracción. Mientras tanto, nuestros gobiernos miran hacia otro lado.
El ejemplo de Sarmiento y la Argentina que fue vanguardia
La columna de Peltzer recuerda una historia que Estados Unidos y Europa deberían envidiar. Domingo Faustino Sarmiento, gobernando la joven Argentina entre 1868 y 1874, se encontró con un pueblo inculto, iletrado y violento. En lugar de resignarse, decidió educarlo, convencido de que no hay democracia ni república sin educación. Fundó muchísimas escuelas y, ante la falta de maestras locales, las trajo de los Estados Unidos.
Gracias a esa decisión política, Argentina pasó de ser un país de analfabetos al más culto y educado de nuestra América. Ese sueño duró unos 100 años. Ahora Argentina ocupa el octavo lugar entre trece países iberoamericanos en las pruebas PISA 2025, y el puesto 70 entre los 90 países donde la OCDE aplica sus evaluaciones. Y hay que ser justos: las bajas son generalizadas. Salvo excepciones como Estonia, todos los países bajaron su puntuación. Todos vamos para abajo.
Por qué esto es una mala noticia para la democracia
La ignorancia es incompatible con la democracia, porque no hay nadie más manipulable que el ignorante. Esa es nuestra verdadera pobreza, por más ricos que seamos si contamos los recursos naturales que repletan nuestra geografía. En Ecuador lo sabemos bien: tenemos petróleo, minerales, biodiversidad, agua. Y sin embargo, la riqueza material no sirve de nada si el pueblo no tiene las herramientas intelectuales para defenderla.
Los ignorantes son presa fácil del populismo, pero también de algoritmos que nadie controla. Para colmo, como señala Peltzer, salvo alguna rara excepción, nuestros políticos son como Sarmiento, pero al revés: la educación les importa un rábano, porque más de dos años es una eternidad para quienes solo se preocupan por conseguir, conservar o acrecentar el poder en las próximas elecciones.
El negocio es redondo para los de siempre. Un pueblo que no lee, que no se concentra, que no cuestiona, es un pueblo fácil de gobernar para los grandes intereses económicos. La escuela pública, la educación gratuita y de calidad, es el único antídoto que tenemos. Por eso la defendemos. Por eso exigimos que el presupuesto de la educación nunca sea un gasto ajustable, sino una inversión en soberanía.
El efecto Flynn inverso es, como titula su columna Peltzer, una pésima noticia para la democracia. Pero no es una sentencia. Estonia demuestra que se puede ir contracorriente. La pregunta es si nuestros gobernantes tendrán el coraje de gobernar como Sarmiento, pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.
