El 25 de octubre de 1976, dos estudiantes de diecisiete años presentaron en el coliseo del Colegio Salesiano Cristóbal Colón de Guayaquil los libros de cuentos que habían escrito y publicado de forma artesanal. Se llamaban Cuento a cuento cuento, de Raúl Vallejo, y Color de hormiga, de Fernando Balseca. Cincuenta años después, uno de ellos, Balseca, recuerda aquella noche en una columna publicada por EL UNIVERSO, y recuerda también el escándalo que la presentación provocó en la prensa conservadora de la época.
Los libros fueron impresos en el mimeógrafo del propio colegio, engrapados a mano, con portadas dibujadas por el escritor Jorge Velasco Mackenzie, quien además revisó los textos y sugirió lecturas a los dos adolescentes. Los autores no eran unos estudiantes aislados: participaban en el grupo de teatro, en el coro, llevaban una revista literaria, tocaban en un grupo de música folclórica y pertenecían al club de periodismo que editaba la revista Nosotros. Por eso contaban, según relata Balseca en EL UNIVERSO, con el apoyo del padre rector, Eduardo Sandoval.
Un editorial contra dos muchachos de bachillerato
Lo que debía ser una celebración escolar se convirtió en polémica nacional. Al día siguiente del lanzamiento, Eduardo Arosemena Gómez, director gerente del diario El Telégrafo, dedicó su columna editorial, titulada ¡Buenos días, País!, a los dos cuenteros. Balseca recuerda el estupor con que leyó ese texto, firmado como Edargo.
El editorialista extrajo citas de los cuentos, fuera de contexto, las vinculó con el despertar de la sexualidad y protestó porque una literatura así fuera patrocinada por un colegio religioso. No contento con cargar contra los autores, cuestionó al padre rector por haber bendecido las publicaciones. Dos adolescentes de bachillerato, y ya tenían enfrente a un director de diario usándolos para su cruzada moral.
El caso no era nuevo en la historia de las letras. Las revistas literarias juveniles siempre han incomodado a los guardianes del buen gusto; algo parecido vivieron los poetas españoles que publicaron en Litoral, la revista germen de la Generación del 27, como recuerda una reciente nota de El Mundo con motivo del cierre de su archivo. Cuando los jóvenes escriben lo que piensan, siempre aparece alguien con la pluma levantada para darles el golpe.
La respuesta: estimular la aventura de crear
Fue Miguel Roca Osorio quien respondió con altura. El 3 de enero de 1977, en las páginas de EL UNIVERSO, publicó la columna ¿Literatura censurable?, donde repasó los casos de escritores transgresores en la literatura norteamericana y en la generación ecuatoriana del 30. Sobre los libros de los colegiales, Roca Osorio fue claro: aunque en fondo y forma se podía disentir con los cuentos, lo importante era estimular el plausible propósito de crear, porque los muchachos habían acometido la insólita aventura de escribir lo que piensan o lo que ven.
La lección sigue vigente. Ante dos jóvenes que decidieron escribir, el director de un diario importante respondió con moralina y citaciones fuera de contexto; un crítico serio respondió con argumentos y con memoria literaria. Hubo otras voces a favor y en contra, pero la discusión se dio en páginas impresas, con nombres y apellidos, algo que hoy extrañamos en tiempos de linchamientos anónimos en redes.
El colegio como espacio de formación y de rebeldía creativa
Balseca, mirando a medio siglo de distancia, insiste en algo que conviene subrayar en un país que suele despreciar la educación pública y religiosa por igual: el colegio fue central para la formación de esos jóvenes. Tuvieron profesores responsables y con valores, como Luis Armijos, quien estimulaba la escritura fuera de clase, y compañeros de hogares diversos.
La profesora Cecilia Ansaldo, ya entonces reconocida como estudiosa de la literatura, participó en la presentación de los libros junto con los autores. El público, básicamente, eran los compañeros de curso. Todo empezó en un coliseo escolar, con libros mimeografiados, y terminó en los diarios de circulación nacional.
Ese es el punto que el columnista deja como herencia: los aspirantes a escritores se nutrieron de la disciplina de la institución, de la responsabilidad inculcada, del cuidado de la espiritualidad y de la invitación a contribuir a la mejora del mundo. El padre rector Eduardo Sandoval, que en paz descanse, dirigió un colegio que buscó forjar mejores personas, no solo estudiantes obedientes.
Por qué importa esta historia hoy
Hay una moraleja política en este episodio de 1976, y no es difícil de encontrar. Cada vez que un joven levanta la voz, sea con un cuento, con una canción o con una revista escolar, aparece un Edargo dispuesto a usar su tribuna mediática para aplastarlo. Y cada vez que eso sucede, hace falta un Roca Osorio que defienda el derecho a crear, y una comunidad educativa que no suelte la mano de sus estudiantes.
Raúl Vallejo y Fernando Balseca no terminaron silenciados. La censura moralista del editorial de El Telégrafo no impidió que ambos se convirtieran en escritores reconocidos del Ecuador. La palabra escrita por muchachos de diecisiete años sobrevivió al escándalo; la columna que quiso hundirla es hoy apenas una curiosidad de archivo.
Cincuenta años después, el episodio sigue hablándonos de lo que cuesta crear desde abajo, sin permiso, sin padrinos poderosos, con un mimeógrafo prestado y unas grapas. Esa obstinación de escribir lo que se piensa y lo que se ve es, al final, la misma que sostiene a toda cultura digna de ese nombre.
Preguntas frecuentes
¿Qué libros presentaron Raúl Vallejo y Fernando Balseca en 1976?
Los libros Cuento a cuento cuento, de Raúl Vallejo, y Color de hormiga, de Fernando Balseca, ambos escritos a los diecisiete años e impresos en el mimeógrafo del Colegio Salesiano Cristóbal Colón.
¿Quién criticó los libros en la prensa?
Eduardo Arosemena Gómez, director gerente del diario El Telégrafo, dedicó su columna editorial ¡Buenos días, País! a atacar los cuentos y al rector del colegio por apoyarlos.
¿Quién defendió a los jóvenes escritores?
Miguel Roca Osorio publicó el 3 de enero de 1977, en EL UNIVERSO, la columna ¿Literatura censurable?, donde defendió el derecho de los estudiantes a escribir lo que piensan y lo que ven.
