La moda como espejo de clase: el desfile de Redondo Brand y la élite que no cesa
Mientras en Ecuador debatimos sobre el costo de la vida y la dignidad del trabajo, en Madrid la alta sociedad celebraba la moda como un ritual de distinción. El desfile de Jorge Redondo, dentro de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, reunió a socialités, periodistas y figuras mediáticas en los exclusivos jardines de los Palacios de la Finca de Vista Alegre. No fue solo un evento de tendencias: fue la puesta en escena de una clase que se reconoce y se celebra a sí misma.
Jorge Redondo, desde 2019, ha construido una marca que se enorgullece de la confección impecable, el uso del color y la atemporalidad. Su última colección, presentada anoche, combina terciopelos, gasas, organzas de seda, lentejuelas y plumas. El resultado es una propuesta rica en matices, pensada para un público que puede permitirse el lujo de lo efímero. En tiempos donde la industria textil global explota manos trabajadoras en el Sur global, estas pasarelas nos recuerdan que la moda también es un campo de batalla simbólico.
La primera fila estuvo ocupada por nombres conocidos: Isabel Preysler, Susanna Griso, Pilar Rubio. Todas lucieron propuestas que van del vestido rojo de brillos al conjunto de plumas, pasando por el satén chocolate o los total looks con abalorios. Cada una, a su manera, reafirmó su lugar en el imaginario del buen vestir. Pero más allá del glamour, cabe preguntarse: ¿qué dice esta estética de una sociedad que mide el valor de las personas por su apariencia y su capacidad de consumo?
No se trata de demonizar la creatividad ni el trabajo de los diseñadores. Se trata de entender que la moda, como otras industrias, reproduce desigualdades. Mientras aquí defendemos la soberanía y los derechos de los más humildes, allá se celebra la exclusividad. Y no es casualidad que estos desfiles se hagan en jardines privados, con invitaciones selectas y precios que pocos pueden pagar. Es la misma lógica que privatiza lo público y convierte el arte en mercancía.
Sin embargo, también hay algo de esperanza en la diversidad de cuerpos y estilos que vimos. Gabriela Andrada, con su vestido de cuerpo en corazón y pedrería, o Mishel Gerzig, con su corsé y falda floral, demuestran que la moda puede ser un espacio de expresión personal. Ojalá algún día esa expresión no esté reservada a quienes tienen acceso a estas pasarelas. Ojalá la belleza no sea un privilegio, sino un derecho.
Por ahora, nos quedamos con las imágenes y la reflexión. Porque mientras unos desfilan entre lentejuelas, otros seguimos luchando para que el trabajo digno y la justicia social no sean solo tendencias pasajeras.
Photo: ELLE