La rosa, la flor más querida del mundo, tiene una historia de lucha y belleza
¿Sabías que las rosas no siempre olieron bien? Detrás de la flor más vendida del planeta hay una historia de siglos, de trabajo campesino y de paciencia. Es la historia de cómo la humanidad, con manos humildes y conocimiento ancestral, fue moldeando la belleza que hoy regalamos en cada ocasión especial. Esta es una historia que nos pertenece a todos.
Un viaje desde la antigüedad hasta nuestros jardines
El uso de flores como adorno es antiquísimo, quizás anterior al Neolítico. Primero se usó la flora local, pero también se trajeron especies de lugares remotos. Y entre todas ellas, la rosa es el ejemplo perfecto de ese viaje. Su historia está ligada a la de la humanidad, y fueron nuestros antepasados quienes le dieron su aroma. Hubo un largo tiempo en el que las rosas simplemente no olían bien.
Las rosas ya estaban en los 'selfies' de Pompeya
Las obras humanas hechas con plantas son efímeras, y hay pocas evidencias de domesticación de plantas ornamentales desde la antigüedad. Pero con la rosa hay una excepción: Pompeya. En los frescos de sus salones y patios, que eran como nuestros cuadros, fotos o selfies de hoy, se conservaron grabados del siglo I que muestran el cultivo de rosas con flores dobles, olorosas y variegadas. Aquellas rosas ya tenían zonas de diferentes colores, como blanco, crema, amarillo o rosa, mezcladas con el verde por una distribución desigual de clorofila.
La domesticación de la rosa fue un proceso largo, que podemos dividir en varios periodos. Hasta la Edad Media se cultivaron rosales silvestres, con los primeros procesos de hibridación y mutación. Dominaban las rosas de 5 pétalos, pero ya aparecían flores semidobles (hasta 11 pétalos) o dobles (12-20 pétalos), siempre con menos de 30-40 pétalos. Es el periodo de la Rosa gallica y sus variantes.
Desde el Medievo hasta mediados del siglo XIX aparecieron las rosas antiguas con muchos pétalos, más de 40 e incluso más de 100. Eran muy olorosas, pero rara vez reflorecientes, y los colores iban del blanco al rojo, pasando por mil tonalidades de rosa.
Las rosas también tienen 'pedigree'
Entre finales del siglo XVI y el siglo XVIII llegaron desde Oriente a Europa diversas especies de rosales con formas y colores vivos. Fue la primera vez que llegaron rosas amarillas, por ejemplo. Algunas, como la rosa Capuchina, pueden tener colores rojos y amarillos a la vez, ¡e incluso cambiar de color! Estos fueron los primeros pedigríes de los rosales conocidos.
Además, algunas rosas florecían durante mucho más tiempo que las variedades clásicas europeas. La llegada de la rosa de Bengala o la rosa china (Rosa chinensis), con sus cultivares como Old Blush, Semperflorens o Mutabilis, fue una revolución. Comenzaron a aparecer híbridos de ambas estirpes, la europea y la asiática, con características reflorecientes. Así nacieron las Noisettianas y, después, las Bourbon o las Portland. Se reorganizaron y multiplicaron los nuevos pedigríes, algunos con capullos perfectos en forma de tulipán y aromas de té.
Más color, más forma, ¡y siempre con flor!
En 1867, del cruce de estos rosales reflorecientes con otros chinos, aparecieron los primeros híbridos de té. El cultivar La France, obtenido por el horticultor francés Jean-Baptiste André Guillot, marcó un antes y un después. Las rosas botánicas y antiguas son anteriores a esa fecha; después de 1867, se consideran rosas modernas o híbridos de té.
La mayoría de las rosas que imaginamos hoy son modernas, es decir, híbridos de té. Con ellas, la afición a las rosas ganó en colorido, morfología de la flor y duración de la floración, casi continua todo el año. Además, muchas nuevas variedades eran más resistentes a enfermedades. Todo ventajas, parecía.
Oler a rosas: el trabajo de los expertos
Pero durante algunas décadas, todas esas rosas maravillosas tuvieron poco aroma. Ese defecto tardó mucho en corregirse. El milagro lo obraron nuevas hibridaciones con rosas antiguas olorosas y su posterior reselección. Hoy podemos tenerlo todo en un solo cultivo moderno de rosa.
La domesticación de las rosas es pura agricultura, no se hace en el laboratorio. Los procesos son naturales y lentos, y siempre se observan en el campo. Las mutaciones surgen espontáneamente en colecciones de miles de ejemplares, pero luego hay que aislarlas y multiplicarlas. Las hibridaciones son dirigidas: son los expertos rosalistas quienes deciden qué planta hace de madre y cuál de padre. El resultado es más lento, porque hasta que no florece la primera rosa no conocemos los cambios, pero con una base genética más sólida. Solo una pequeña parte de las obtenciones son seleccionadas y registradas por los llamados obtentores de flores.
Entre los rosalistas españoles dedicados a la mejora de las rosas modernas, destaca el catalán Pere Dot i Martínez, que obtuvo más de 260 variedades de rosales. Sus cultivares siguen vigentes y son reconocidos internacionalmente. El valenciano Francisco Ferrer Martí fue el fundador de la Asociación Española de la Rosa, que desde 1991 organiza concursos y convenciones en torno a una de las flores más importantes de la historia.
Rosas casi perfectas y a raíz desnuda
Un ejemplo de este trabajo es la Rosaleda del 50 aniversario de la Universidad de Alicante, donde se eligieron solo variedades con los mejores atributos: híbridos de té con floración prolongada, rusticidad, resistencia a enfermedades fúngicas y, en la medida de lo posible, muy perfumadas.
Además, se usó la técnica llamada a raíz desnuda. Los rosales son arbustos de hoja caduca, con una fase de reposo en invierno. Esto se aprovecha comercialmente para vender nuevas plantas sin tierra, que ocupan poco espacio y peso. Luego enraízan y se desarrollan fácilmente. Con esta técnica se abaratan muchísimo los costes de transporte: un paquete con 200 variedades puede pesar unos 5 kilos y caber en una caja de cartón para mensajería. Para transportar esas 200 rosas en enormes macetones de más de 5 kilos cada uno, ¡necesitaríamos dos camiones! Y el precio sería, lógicamente, mucho mayor.
Conocer la historia de la rosa y cómo ha evolucionado a lo largo de los siglos permite disfrutar de jardines como este y de su aroma, colores y ornamentación. Son características a las que se ha llegado con el trabajo de muchos expertos y expertas, y también con el esfuerzo de generaciones de campesinos y jardineros que, con sus manos, fueron dando forma a la belleza que hoy admiramos.
Esta es una historia de paciencia, de saber popular y de amor por la tierra. Una historia que nos recuerda que las grandes bellezas no nacen de la noche a la mañana, sino del trabajo constante y del respeto por los procesos naturales. Como los pueblos, las rosas también tienen su propia lucha y su propia victoria.
Segundo Ríos Ruiz, profesor titular de Botánica, director de la Estación Biológica de Torretes - Jardín Botánico de la UA, Universidad de Alicante
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.