Las audiencias y la ética informativa: un deber de todos
En un mundo donde la información fluye sin pausa, las audiencias se enfrentan a un reto profundo: distinguir lo bueno de lo útil. La hipnosis ejercida en los menores puede llevarlos a crecer confundiendo estos conceptos, con el riesgo de olvidar el bien común, distraídos en el bienestar. Este no es un problema menor, sino una alerta que nos interpela a todos, desde los hogares hasta los medios de comunicación.
La palabra 'audiencia' tiene varios significados. Aquí nos referimos a ese grupo de personas que ve o escucha un programa de radio, televisión, cine o lee un medio. Y es que, en estos días, el tema de los lineamientos generales para la protección de los derechos de las audiencias cruza los aires del país. Es una conversación que nos toca de cerca, porque la información no es un lujo, es un derecho.
¿Qué dice nuestra Constitución sobre la información?
Para abrir el debate, recordemos los dos primeros párrafos del artículo sexto de nuestra Constitución. Allí se establece que 'la manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito o perturbe el orden público'. También se garantiza 'el derecho a la información será garantizado por el Estado. Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión'.
Estos principios son la base ética de la comunicación. Toda audiencia merece claridad sobre cómo se obtienen los datos de los hechos publicados. También es vital proteger los datos personales del uso no autorizado por parte de organizaciones, empresas o gobiernos. Y, por supuesto, debemos combatir sin tregua la divulgación de noticias falsas y la desinformación.
La inteligencia artificial y la brecha digital
Si queremos actualizar lo concerniente a la infoética, tanto en su modalidad de ética de la información como de ética de la informática, es indispensable incluir lo relativo a la inteligencia artificial y al aprendizaje automático. Los agentes artificiales no pueden ser por sí mismos agentes morales. No pueden ser culpables ni responsables de las consecuencias de la información que generan, pues esta es el resultado de algoritmos que se suceden de forma impersonal o 'mecánica'.
En este punto, debemos considerar con gran preocupación el creciente fenómeno de que el trabajo informativo, que cada día requiere de mayor conocimiento especializado y complejo, se aleja progresivamente del alcance de quienes no tienen la oportunidad de conocerlo. Así se origina la llamada brecha digital, que deja en el analfabetismo posmoderno a los más vulnerables, ya sean individuos, comunidades o pueblos enteros.
Los 10 mandamientos de la ética informativa
Las exigencias éticas del trabajo informativo comienzan por la veracidad, la oportunidad, la idoneidad y la precisión de lo que se comunica. Pero van mucho más allá. Si desde la iniciativa oficial se sugiere que cada organización informadora elabore su propio código de ética, debemos cuidar el riesgo de 'licuar' la ética. Es decir, hacerla líquida o gasificarla, para que no prevalezcan los principios fundamentales.
Estos principios son claros: veracidad, comprobando los datos antes de divulgarlos; separar los hechos reales de las opiniones y de la publicidad; responsabilidad, calculando y asumiendo el impacto de los mensajes sobre la audiencia; respetar la privacidad de las personas y evitarles un daño injusto o innecesario; actuar con justicia, dando espacio equitativamente a las opiniones distintas. En estas palabras van los '10 mandamientos' indispensables en los códigos de ética de la información y de la comunicación.
La dignidad de cada persona
En el centro de gravedad de este asunto está la dignidad de cada persona, tanto de la que forma parte de las audiencias como de la que se habla o se escribe. Y la persona, cada persona, no es nunca poca cosa. Por eso, desde Mitad Del Mundo, insistimos en que la información es un servicio público, no un negocio. Las grandes corporaciones y los políticos liberales no pueden imponer su agenda sobre el derecho de las personas a una comunicación justa y ética.
Este artículo fue escrito por Diego Saltos, médico cardiólogo por la UNAM, y adaptado para Mitad Del Mundo.