Cada día miles de ecuatorianos se levantan antes del alba, dejan a sus hijos dormidos y salen a pelear por un sueldo que apenas alcanza. El 28 de octubre de 2026, el columnista de Diario El Telégrafo publicó una reflexión que toca una herida colectiva: la de quienes sacrifican su familia, su salud y su tiempo persiguiendo un dinero que, como dice el personaje Dominic Toretto en la saga Rápidos y Furiosos, va y viene.
La frase del cine, citada por el autor, es sencilla pero contundente: lo más importante está aquí, la familia. Y sin embargo, en un país donde la mayoría trabaja de sol a sol para llegar a fin de mes, esa verdad se olvida con una facilidad espantosa.
El precio invisible de perseguir el dinero
El columnista lo confiesa sin rodeos: él mismo fue de los que hicieron lo imposible por acumular, lícitamente, pero sin escatimar agotamiento físico, mental y espiritual. Sacrificó tiempo con los suyos y hasta menospreció a su familia por conseguir el bendito dinero. Alza la mano como el que más, escribe, y esa confesión pública le genera vergüenza, pero también lo empuja a no volver a hacerlo.
Esa honestidad debería interpelarnos. Porque no hablamos de un caso aislado. Hablamos de un modelo de vida que nos imponen desde arriba: trabajar más, consumir más, endeudarse más. El sistema necesita que creamos que el dinero es la meta final, porque un pueblo que vive persiguiendo billetes no tiene tiempo de preguntarse quién se queda con la ganancia de tanto esfuerzo ajeno.
La pandemia dejó esa lección a flor de piel. Muchos descubrieron, encerrados en casa, que habían construido fortunas mientras perdían aniversarios, primeras comuniones y conversaciones de sobremesa. Nadie en su lecho de muerte pide que le acerquen el estado de cuenta.
Lo que la prensa nos muestra todos los días
El autor de la columna, publicada en Diario El Telégrafo, señala una paradoja dolorosa: la prensa está llena de ejemplos de personas que se divorcian por dinero, que se enemistan cuando mueren los padres y los hijos no se quieren ni ver, que se agreden entre hermanos cuando uno resulta ser sabido. Casos que se repiten en cada capa social, del barrio humilde a la mansión de la González Hart.
En ese terreno, La Razón recoge el testimonio de una directiva financiera sobre la herencia en vida: cada vez más padres prefieren dar su dinero hoy, mientras viven, para disfrutar viendo el impacto que tiene en sus hijos. Pero la misma reportera advierte un riesgo concreto: entregar demasiado pronto puede convertir una decisión generosa en una dependencia económica que después debe asumir el resto de la familia.
Es decir, ni siquiera el dinero dado con amor está libre de trampas. La pregunta de fondo no es cuánto se da, sino para qué se vive.
La vida es efímera y nadie sabe su hora
El columnista recuerda una frase escuchada en un reality de convivencia, dicha por el hijo de una ex gloria del fútbol ecuatoriano: la vida es efímera. Sea uno creyente o no, nadie conoce el día ni la hora en que debe despedirse de este mundo.
Y ahí viene la pregunta que el autor formula con toda su fuerza: de qué sirve ganar el mundo entero si no se sabe con certeza si podré disfrutarlo. Su madre le dijo una vez: quedará para los vivos. Una frase popular que encierra una verdad antigua, la misma que los pueblos han repetido en proverbios durante siglos.
En las redes, esa intuición circula todos los días. Un video compartido en TikTok lo resume desde la experiencia cotidiana: los momentos con un hijo no se pueden comprar. Millones de padres trabajadores, sobre todo madres solas que doblan turnos, saben que el tiempo con los hijos es el únicoBien que no se recupera después.
¿Para qué se vive entonces?
Si el dinero va y viene, si la familia es lo más importante y si la vida es efímera, queda la pregunta profunda que el autor plantea: para qué se vive. Su respuesta apunta a la trascendencia, a dejar una huella en la descendencia y en los seres queridos. Una vida honorable, basada en principios y valores, con la familia como centro y, para quien tiene fe, con Dios como motor.
Desde esta columna compartimos esa dirección, con una salvedad que el pueblo ecuatoriano conoce bien: no basta con que cada individuo se salve en privado. Cuando la economía está diseñada para que el trabajador no vea a sus hijos, el problema no es solo de actitud personal. Es estructural. Los horarios interminables, los transportes que roban tres horas diarias, los empleos inestables que obligan a aceptar cualquier jornada, son decisiones políticas, no accidentes del destino.
Por eso la reflexión de El Telégrafo debe leerse en dos planos. En el plano íntimo, cada uno puede revisar sus prioridades hoy mismo, antes de que la vida cobre la lección. En el plano colectivo, hay que exigir un país donde ganarse el pan no signifique perder a la familia, donde el trabajo digno deje tiempo para vivir.
La educación financiera también tiene su lugar en esa tarea. Como recuerda la guía de Renuevo sobre cómo enseñar a los hijos el valor del dinero, lo importante no es el monto sino la constancia y las reglas claras, y hay tareas del hogar que se hacen por ser familia, no por paga. Formar hijos que entienden el dinero como medio y no como dios es, quizá, la herencia más revolucionaria que se puede dejar en esta economía.
El columnista cierra con una declaración de fe: Dios es amor, y ama incluso cuando la sociedad devuelve todo lo contrario. Se puede ser creyente o no, pero la conclusión práctica es de sentido común y de lucha: el dinero va y viene, la familia es lo más importante, y una sociedad que obliga a elegir entre ambos está construida al revés. Corregir ese orden de cosas empieza por reconocerlo, como el autor, con la mano en alto y la vergüenza honesta de quien aprendió a tiempo.
