El subsuelo como refugio: la nueva frontera de la infraestructura crítica
Durante décadas, esconder la infraestructura bajo tierra fue un lujo reservado para casos muy puntuales. Construir túneles siempre ha sido más caro que instalar cables o servidores en la superficie. Pero algo está cambiando. Las nuevas amenazas geopolíticas, los fenómenos extremos y los avances en ingeniería están empujando a gobiernos y empresas a mirar hacia abajo, literalmente. Y esta vez, la tendencia parece llegar para quedarse.
¿Por qué volvemos a mirar hacia el subsuelo?
La guerra entre Rusia y Ucrania nos ha dado una lección dura: las instalaciones en superficie son vulnerables. Drones, misiles y otras amenazas pueden dejar fuera de servicio infraestructuras vitales en cuestión de minutos. Por eso, varios países, sobre todo los vecinos de Rusia, están mostrando un interés creciente por proteger sus sistemas críticos bajo tierra. La lógica es simple: si no pueden verlo, les costará mucho más destruirlo.
No es solo una cuestión militar. Los fenómenos climáticos extremos también golpean con fuerza las instalaciones expuestas. Y en un mundo cada vez más digitalizado, los centros de datos se han vuelto indispensables. Protegerlos ya no es una opción, es una necesidad.
La tecnología que perfora roca con plasma
Una de las apuestas más interesantes viene de Estados Unidos. La compañía EarthGrid está desarrollando una tuneladora que utiliza antorchas de plasma para atravesar roca extremadamente dura. En una prueba en una cantera de California, la máquina perforó unos tres metros de granito con chorros que alcanzan los 27.000 grados Celsius. Para que nos hagamos una idea, eso es más caliente que la superficie del Sol.
Troy Helming, fundador de la empresa, explica que el sistema genera un vórtice dentro del túnel que ayuda a retirar los restos de la perforación, algunos de los cuales pueden llegar a tener una consistencia similar a la lava. La idea es que esta tecnología se use comercialmente para construir conductos de electricidad, fibra óptica, agua, gas e incluso redes subterráneas para transportar mercancías. Suena a ciencia ficción, pero ya está en marcha.
Los centros de datos se esconden en las montañas
Los centros de datos son el cerebro del mundo moderno. Sin ellos, no hay internet, no hay inteligencia artificial, no hay nada. Por eso, cada vez más empresas buscan ubicaciones protegidas. Un ejemplo reciente está en los Dolomitas italianos, donde el centro Trentino DataMine fue construido dentro de cavernas a unos 100 metros bajo tierra.
La roca no solo ofrece protección física frente a intrusiones o interferencias electromagnéticas. También mantiene temperaturas más estables, lo que reduce la energía necesaria para refrigerar los servidores. En tiempos de crisis energética, eso es oro puro.
Los cables submarinos también se entierran
La misma estrategia se aplica bajo el océano. Los cables submarinos que transportan gran parte del tráfico mundial de internet son vulnerables a anclas, pesca y otros accidentes. Por eso, cada vez es más común enterrarlos bajo el lecho marino, a veces hasta tres metros de profundidad.
Los datos de TeleGeography sugieren que el aumento del soterramiento ha coincidido con una reducción de las averías por kilómetro de cable instalado. Es decir, la estrategia funciona. Pero no todo es tan sencillo.
Los costes y riesgos de vivir bajo tierra
Construir túneles no es barato ni fácil. Puede provocar inundaciones, liberar gases atrapados en el subsuelo y multiplicar los costes respecto a una instalación convencional. Incluso con sistemas modernos de guiado por láser y giroscopios, las tuneladoras avanzan lentamente, a veces a milímetros por minuto.
El proyecto London Power Tunnels, por ejemplo, necesitó unos 29 kilómetros de túneles bajo Londres para alojar cables eléctricos, con un coste aproximado de 1.360 millones de dólares. En una ciudad densamente construida puede tener sentido, pero en otras regiones, añadir líneas aéreas redundantes sigue siendo mucho más barato.
¿Qué merece realmente estar bajo tierra?
Los especialistas advierten que el futuro no consistirá en enterrarlo todo. Habrá que decidir qué es realmente crítico. Fábricas de semiconductores, centros de datos estratégicos, redes eléctricas fundamentales o nodos de telecomunicaciones podrían ser los candidatos prioritarios. Aquello que sería muy difícil de sustituir si fuera destruido.
La humanidad lleva miles de años enterrando lo que quiere proteger. Antes eran tesoros y refugios. Ahora, son los sistemas que mantienen funcionando al mundo moderno. Y aunque el camino sea lento y caro, la dirección parece clara: hacia abajo.