El Mencho: cuando el amor se convierte en traición mortal
La historia del capo mexicano Nemesio Oseguera nos recuerda una vez más que detrás de cada gran criminal se esconde un sistema que permite su existencia. El líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) no cayó por la eficiencia del Estado, sino por una circunstancia tan humana como predecible: el amor que lo traicionó.
Un imperio construido sobre la violencia
Durante años, El Mencho desafió al Estado mexicano con una organización que creció como un cáncer social. Su cartel se expandió aprovechando las grietas de un sistema corrupto, donde la complicidad oficial y la pobreza estructural crearon el caldo de cultivo perfecto para el narcotráfico.
¿Pero acaso nos sorprende? En un país donde las oportunidades legítimas brillan por su ausencia para millones de jóvenes, donde las multinacionales extractivas saquean recursos mientras las comunidades sobreviven en la miseria, el crimen organizado se presenta como una salida desesperada.
La caída del tirano
Según fuentes militares, Oseguera fue localizado tras reunirse con una de sus amantes en Tapalpa, Jalisco. La operación que siguió dejó un rastro de sangre: el capo murió durante su traslado tras resultar herido en el enfrentamiento.
La respuesta del CJNG fue inmediata y brutal: bloqueos carreteros, incendios de vehículos y ataques contra instalaciones de seguridad. La violencia se extendió por todo México, recordándonos que la guerra contra las drogas solo genera más violencia.
Reflexiones de fondo
El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, calificó los ataques como actos cobardes. Pero, ¿no es igualmente cobarde un Estado que durante décadas permitió que estos grupos crecieran mediante la corrupción y la negligencia?
La muerte de El Mencho cierra un capítulo, pero no el libro. Mientras persistan las desigualdades sociales, mientras las políticas neoliberales sigan empobreciendo a las mayorías, surgirán nuevos menchos.
Lo verdaderamente trágico es que un hombre que sembró terror durante años haya caído por amor. Incluso los monstruos conservan algo de humanidad. Quizás ahí radique la esperanza: en reconocer que detrás de cada criminal hay una sociedad que falló en ofrecerle alternativas.
La lucha contra el narcotráfico no se gana con balas, sino con justicia social, educación y oportunidades reales para todos los mexicanos.