Cucarachas en la heladera y hambre eterna: el caso del jubilado que murió pidiendo tortitas
Francisco Moran tenía 72 años y una vida que merecía dignidad. Pero en sus últimos días, lo que encontró fue abandono, suciedad y un hijo que, según la Justicia, pudo haberlo dejado morir de hambre. El 12 de mayo de 2025, el jubilado falleció en su casa de Godoy Cruz, Mendoza, con una neumonía grave, desnutrición avanzada y un último suspiro que aún resuena: 'tengo hambre'. Su hijo, Sergio Moran, está detenido y la Justicia debate si fue abandono de personas o un homicidio por omisión. Este caso no solo habla de una familia rota, sino de un sistema que falla cuando los más vulnerables quedan solos.
¿Qué pasó con Francisco Moran?
La muerte de Francisco Moran no fue repentina. Fue el final de un largo calvario. Los policías que llegaron a su casa el 10 de mayo de 2025 encontraron un escenario dantesco. La propiedad parecía abandonada: todo tirado, olor a suciedad y encierro. En la heladera, cucarachas paseaban alrededor de un pollo podrido. No había gas, ni agua caliente, ni comida. Las alacenas estaban vacías. Los elementos de limpieza brillaban por su ausencia. Era una casa que no era un hogar, sino una trampa mortal.
Los médicos de la ambulancia que atendieron a Francisco ese día recordaron una escena desgarradora. El hombre no paraba de suplicar que tenía hambre. Los policías, conmovidos, fueron a un almacén y le compraron tortitas. El jubilado las devoró con tal voracidad que tuvieron que advertirle que comiera más despacio, porque podía atragantarse. Mientras tanto, su hijo Sergio estaba presente, pero según testigos, 'parecía que no le importaba la salud de su padre sino lo que pudiera llegar a decir'.
El rol del hijo: ¿abandono u homicidio?
Sergio Moran demoró casi un año en ser detenido. El 24 de mayo de 2026, una cámara de seguridad lo captó en la calle y el sistema de reconocimiento facial elevó una alerta. Tenía un pedido de captura vigente. Para entonces, ya había vendido la casa de su padre tras la muerte, y su parte de la herencia la tuvo que entregar para la manutención de su propio hijo. Un amigo le dio trabajo como cocinero en una rotisería, donde incluso pernoctaba. Pero la Justicia lo señala como el responsable directo del abandono.
Los testimonios en la causa son demoledores. Una hija de Francisco, hermana de Sergio, relató que desde que su hermano se fue a vivir con el jubilado, comenzó a vender las pertenencias de su padre. También metía gente desconocida a vivir en la casa. Cuatro meses antes de la muerte, la mujer dejó de visitarlos porque recibió una paliza de su hermano. Una vecina recordó que durante el verano anterior, un día de febrero sofocante, el jubilado suplicaba a los gritos que tenía hambre. Los policías tuvieron que meterse por la medianera para auxiliarlo. El rumor barrial era claro: Sergio vivía de la jubilación de su padre.
La Justicia avanza: ¿abandono o algo más grave?
Hasta ahora, Sergio Moran está imputado por abandono de personas agravado por el vínculo. Días atrás, estuvo cerca de cerrar un juicio abreviado que lo condenaría a 5 años de cárcel. Pero la jueza María Cristina Pietrasanta no dio el visto bueno. Ordenó que se profundice la investigación, que se determine si el cuadro de desnutrición también fue causal de muerte y, en ese caso, si no se debe calificar el hecho como un homicidio en comisión por omisión. Es decir, la Justicia se pregunta si Sergio no solo abandonó a su padre, sino que con su inacción lo mató.
Este caso nos obliga a reflexionar como sociedad. ¿Cuántos adultos mayores viven solos, olvidados, en condiciones inhumanas? ¿Cuántas veces miramos para otro lado cuando un vecino, un familiar, un desconocido, clama por ayuda? Francisco Moran murió pidiendo tortitas, pero su muerte es un grito de alerta que no podemos ignorar. La dignidad no debería ser un lujo, sino un derecho. Y cuando falla la familia, el Estado debe estar ahí. Pero en este caso, ni uno ni otro estuvieron a la altura.
Foto: Diario Uno
