El viento del pueblo esculpe la memoria: arte, resistencia y soberanía en Lanzarote
Al tronco gordo no se lo lleva el viento. Ese que sopla desde el norte y mueve nubes y pensamientos. Al cuervo del Risco de Famara tampoco se lo lleva el viento. Grazna y planea. Divisa en picado el polvo, la hierba seca y las letras de los cuadernos. Se alía al territorio, a las corrientes de aire que silban en lo salvaje, en la congoja de palmas, en los quicios de las puertas de casas blancas con chimeneas bizantinas.
En medio del viento que refresca el paso de las estaciones, estudiantes y docentes del V Campus de Escultura de Lanzarote escriben la forma en el reino del paisaje. Fraguan los amores de la Fundación Curbelo Santana y de las universidades de La Laguna y Miguel Hernández de Elche. Abren los ojos al arte y al compromiso: ¿y si le preguntamos a la naturaleza? ¿Y si deconstruimos el árbol? La creación es un farol que no se apaga nunca, aunque la oscuridad y el insomnio oculten el frescor de la mañana. El residuo y la hambruna son invenciones humanas.
¿Qué busca el arte popular en medio de la crisis?
En verano, en la Isla de los Volcanes, afloran soldaduras que no silencian. Abrazan poemas en el taller, en el campo y en la gasolinera encendida, dispensadora de resplandores cómplices. Al final de la semana se echarán de menos las literas del contenedor, aquellos días airosos con monos azules de trabajo y sueños al alcance.
En el parque escultórico de San Bartolomé, junto a la sombra del soco, detrás de las palmeras, el torito amarillo levanta quinientos kilos de washingtonia sin picudo rojo e inacabables ideas salidas de una tormenta que inspira la pintora Rufina Santana con Narciso, Dionisio y Caronte. La plasticidad de la escena es un cuadro sin marco ni paspartú. ¿Vallas al campo? Solo queda apretar las bridas, ajustar las gafas, repasar los ángulos, retirar arena, encender la motosierra... y celebrar con Goliat e Itahisa el izado de bandera sin pata de cabra. Luego, ganaremos el tiempo rodeado de estrellas efímeras. Y caerá la noche en La Geria.
El poder que pesa poco y la resistencia que empuja
El ejercicio espurio del poder desde la inconsciencia pesa poco. La inopia ignora cuánto empuja la fuerza hacia el dolor. Malditas groserías adultas. Tanto palacio frío, tanta demasiada realidad. Déjame respirar, salir de callejones sin salida, de ahogos trágicos y palabras sin oxígeno. Al ras del suelo no atisbas el cielo alto y el perfume que prende tu cuello. No ves, no hueles. El sistema inquisidor vacía la existencia de alma y cultura. Los girasoles dejan de iluminar el Mundo.
Érase una vez una sonata de guitarra y mandolina... Beso la caña dulce de tu aliento en medio de la marea salada. Toco la irrealidad de las bellas artes. Toco la risa, el llanto, las vibraciones del escultor Paco Curbelo. La madrugada entre tiburones y bonsáis pasan a un segundo plano. No es tan fiero el león. Camino de la mano con Aline hacia el mar para sentarme en la orilla con un plato de fideos costeros, blanco seco de El Grifo y una hoguera bajo el arcoíris.
¿Por qué la cultura popular no necesita jerarquías?
No existen las jerarquías, canta el poeta Luis Feria alejado de la vitrina distante y próximo a la esencia de la infancia, la que no se afeita ni depila. Qué necesidad cuando la felicidad dibuja plantas, flores y animales infinitamente dignos gracias al mero hecho de existir. Lo demás es una impostura con as en la manga y doble fondo.
Sobran empoderamientos, edulcorantes, filtros, retoques, historias y selfis. Menos es más. Basta la voz íntima del premio Canarias de Literatura en su epigrama Almendro para igualar la vida: 'En el almendro en flor / ¿cuál es la mariposa?'.